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De la tontería a los hechos: cómo se forjó la presencia militar estadounidense en Ghana

  • Writer: The Left Chapter
    The Left Chapter
  • 3 hours ago
  • 6 min read

George W. Bush shakes hands with President John Agyekum Kufuor of Ghana Sept. 15, 2008 at the White House -- public domain image


By Vijay Prashad


En febrero de 2008, bajo el implacable sol de la tarde de Accra, el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, se presentó ante un pequeño grupo de periodistas y desestimó los rumores que circulaban con una risita. Los Estados Unidos, afirmó, no tenían intención alguna de construir bases militares en África. “Eso es una tontería”, dijo. Esa palabra, pronunciada con tono despreocupado y despectivo, quedó resonando, como suele ocurrir con las palabras que se dicen desde las alturas del poder. Su comentario pretendía zanjar el asunto, pero la historia, como siempre, no obedece tales instrucciones.


Una década más tarde, en marzo de 2018, el Parlamento de Ghana ratificó un Acuerdo de Cooperación en materia de Defensa con los Estados Unidos. Esta vez no hubo risas. Fuera de la cámara, sindicalistas, estudiantes y políticos de la oposición se manifestaron con pancartas en las que se preguntaba: “¿Qué se ha acordado?”. El texto completo del acuerdo había circulado por partes, resumido en declaraciones oficiales que hablaban de “asociación” y “fortalecimiento de capacidades”. La lectura del documento completo, que ahora se encuentra a la vista de todos, revela cláusulas que habían quedado ocultas tras las sutilezas de la diplomacia. Cuando se lee con atención, el acuerdo cuenta una historia mucho más reveladora que las garantías que lo acompañaban.


El acuerdo comienza de manera bastante inocua, con un lenguaje de cooperación, pero pronto cambia de tono. El Gobierno de Ghana concede a los Estados Unidos “acceso y uso sin trabas a las instalaciones y zonas acordadas” (artículo 5). La frase es engañosamente tranquila. En el Aeropuerto Internacional de Kotoka, donde operan las fuerzas estadounidenses, esta cláusula adquiere una forma concreta: los aviones llegan y parten, se descarga el equipo y el personal se desplaza por lugares que son de Ghana pero que, en la práctica, están gobernados por los Estados Unidos. El acuerdo no lo denomina “base” porque no es necesario. Esta cesión de soberanía queda clara cuando el acuerdo permite al personal militar y civil estadounidense “entrar y salir de Ghana con identificación proporcionada por el Gobierno de los Estados Unidos”, es decir, sin visados, y les permite llevar armas dentro y fuera del país (artículo 3), al tiempo que los exime del pago de cualquier impuesto (artículo 9). Además, las aeronaves y los vehículos estadounidenses están “exentos de cualquier inspección” por parte de las autoridades ghanesas (artículo 11). A primera vista, la renuncia a la soberanía de Ghana ante las necesidades de los Estados Unidos recuerda a los antiguos tratados coloniales que concedían a las potencias coloniales zonas de privilegio dentro de los territorios africanos.


Cuando el acuerdo se presentó al Parlamento en 2018, el Grupo de la Minoría argumentó que el Gobierno lo había aceptado, pero que “el país no obtiene prácticamente nada” a cambio.


El ministro de Defensa de Ghana, Dominic Nitiwul, informó al Parlamento que los Estados Unidos pagaría 20 millones de dólares a las Fuerzas Armadas de Ghana a cambio. El Grupo Parlamentario de la Minoría respondió: “No vemos cómo esta cantidad puede considerarse el beneficio directo que obtenemos como nación de este acuerdo, que está tan desproporcionadamente sesgado a favor de los Estados Unidos”. El Gobierno de entonces, liderado por el presidente Nana Akufo-Addo (presidente de 2017 a 2025) del Nuevo Partido Patriótico, argumentó que Estados Unidos ayudaría a traer estabilidad al Sahel y a África Occidental. Lo que esto significaba esencialmente era que los países africanos habían decidido dejar de defender sus propias tierras y entregarlas a la intervención militar extranjera.


Nueva intervención militar


En 2008, el presidente Bush afirmó que los Estados Unidos no estaba interesado en construir una base. Esto no era del todo incorrecto. Los Estados Unidos no construyó grandes instalaciones permanentes, sino más bien una red de puntos de acceso (aeropuertos, centros logísticos, emplazamientos de seguridad cooperativa) para permitir un despliegue rápido y flexible de las tropas estadounidenses en territorio africano.


En el Sahel, donde la presencia militar extranjera se ha expandido drásticamente durante la última década, la inestabilidad no ha remitido. En todo caso, se ha agravado. Los grupos armados se han multiplicado. Los golpes de Estado han proliferado. La población civil ha sido la más afectada. La presencia de fuerzas extranjeras no ha abordado las causas subyacentes del conflicto (pobreza, desigualdad, el legado de las fronteras coloniales, la catástrofe climática). En cambio, ha superpuesto soluciones militares a problemas que son, en esencia, políticos. Ghana, considerada durante mucho tiempo un remanso de estabilidad, se encuentra ahora al borde de esta tormenta.


Frente a esta silenciosa consolidación de la presencia militar se encuentra un panorama político cambiante en todo el continente. En Nairobi se está desarrollando una nueva ronda de conversaciones. Francia, durante mucho tiempo la antigua guardiana del poder colonial en África Occidental y Central, ha buscado renovar su imagen en su relación con el continente a través de cumbres y un reposicionamiento estratégico, incluso mientras retira tropas del Sahel tras una ola de levantamientos populares contra su presencia. El desplazamiento de la atención diplomática y estratégica hacia África Oriental (simbolizado por la Cumbre “Africa Forward” de Francia, celebrada en Nairobi en mayo) no indica un retroceso de los intereses imperiales, sino su reconfiguración. Al mismo tiempo, las fuerzas antiimperialistas, los sindicatos y los movimientos populares están preparando sus propias reuniones en la misma ciudad (la Cumbre Panafricanista contra el Imperialismo), decididos a llamar a este momento por su nombre: no se trata de una asociación, sino de una contienda. A la sombra de las cumbres oficiales, estas reuniones insisten en que África no es meramente un terreno para las maniobras de las grandes potencias, sino un escenario de lucha política donde el lenguaje de la soberanía se está reescribiendo desde abajo.


Lo que surge, entonces, no es un acuerdo aislado en Ghana, sino un patrón continental que se extiende desde el Sahel hasta el Golfo de Guinea y ahora hacia África Oriental. Se repiten los mismos argumentos sobre seguridad, estabilidad y asociación. Aparecen las mismas cláusulas, como acceso, exención e inmunidad. Pero también lo hace la resistencia. Desde las calles de Niamey hasta Uagadugú, desde Accra hasta Dakar, una nueva generación ha comenzado a cuestionar la presencia permanente de ejércitos extranjeros en suelo africano. La próxima reunión antiimperialista en Nairobi no es simplemente una reunión; es un intento de consolidar este descontento disperso en un proyecto político. Plantea una pregunta que resuena mucho más allá de Ghana: ¿Puede África protegerse sin rendirse?


En 2018, el secretario general del Congreso Nacional Democrático (NDC), Johnson Asiedu Nketia, declaró a la prensa que, si su partido llegaba al poder, “suspendería el acuerdo e iniciaría una revisión de gran alcance”. Desde su partido, el veterano parlamentario Samuel Okudzeto Ablakwa escribió una carta en términos contundentes al presidente: “Su silencio sobre la cuestión del acuerdo es muy poco propio de usted, y estamos sinceramente desconcertados”. El NDC llegó al poder en 2025, y Ablakwa fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores.


A pesar de lo que Asiedu Nketia y Ablakwa dijeron en 2018, el nuevo Gobierno no ha iniciado una revisión pública ni se ha retirado del acuerdo. El Movimiento Socialista de Ghana (SMG), que había formado parte de la lucha contra el acuerdo en 2018, ha iniciado ahora una campaña para su derogación. Kwesi Pratt, Jr., secretario general del SMG, me dijo: “La intensificación de la lucha contra la Base de Operaciones Avanzadas de los EE. UU. en Ghana no es una reivindicación de la postura que adoptamos en 2018, sino una denuncia del engaño de las fuerzas del imperialismo y sus agentes locales. También es una continuación de la batalla por la soberanía iniciada por Kwame Nkrumah, Ahmed Sékou Touré y Modibo Keita”.


El fantasma de aquella tarde de 2008 persiste. “Eso es una tontería”, dijo Bush. No habría ninguna base. De hecho, no hay ninguna base, pero hay algo más grave que eso: una puerta abierta a la intervención militar. Hoy en día, los documentos disponibles para su lectura hablan con mayor claridad que los comentarios de Bush. Muestran un patrón de acceso, privilegios y exenciones que, en conjunto, conforman algo inconfundible. El futuro de África no se escribirá en las cláusulas de tales acuerdos, sino en las luchas que los cuestionan.


Vijay Prashad es un historiador y periodista indio. Es autor de cuarenta libros, entre los que se incluyen Balas de Washington, Una estrella roja sobre el Tercer Mundo, Las naciones oscuras: una historia del Tercer Mundo; Las naciones pobres: una posible historia del Sur Global y How the International Monetary Fund Suffocates Africa, escrito con Grieve Chelwa. Es el director ejecutivo de Tricontinental: Instituto de Investigación Social, corresponsal jefe de Globetrotter, y el editor jefe de LeftWord Books (Nueva Delhi). También ha hecho apariciones en las películas Shadow World (2016) y Two Meetings (2017).


Este artículo fue elaborado por Globetrotter

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